jueves, 10 de agosto de 2017

A diez de agosto de 2017, las temperaturas han descendido 10 grados hasta parecer agosto una sorprendente primavera. Esto no hay Dios que lo entienda. El viernes pasado me recluía en casa hasta las siete para no sufrir el calor de los cuarenta y pico grados. Bueno, voy a escribir de libros leídos. Yo me he leído "Las aventuras de Huckleberry Finn" pero no me acuerdo de nada. Todos los libros que son aventuras no se me quedan en la memoria. Así me pasó con "Oliver Twist" y "Nuestra Señora de París". Disfruto mucho leyéndolos pero luego no me acuerdo ni del más débil hilo argumental ni de una anécdota graciosa y ni de nada.
Hace mucho tiempo, el primer año de estar yo jubilado fui a Madrid en busca de una edición de "Los miserables" que se leyera bien, que tuviera buena letra y me lo leí de corrido hasta el capítulo que pone "Cosette" y ahora me lo voy a llevar al pueblo a leer todo lo que sigue. También me estoy leyendo "Nadar desnudas" de Clara Guelfeinbein, que me da una idea de la narrativa muy sencillita, de la que podría aprender yo algo. La vida la reflejan las novelas de manera esquiva algunas veces y otras en todo su esplendor. Yo, escribiendo, procuro entretenerme y crear situaciones extrañas que cautiven al lector. El final de "Las uvas de la ira" hizo que recordara todas las penalidades anteriores de esa familia, es un final como pocos. No he leído algo igual en mucho tiempo. Hay un chiste de uno que va a una librería y dice "¿qué tienen?" Y el librero dice "El viejo y el mar". "Pues deme el mar". No he visto un cuento más sencillo que me dejara más frío que este cuento o novelilla, aunque digan lo que quieran de él. Sin embargo, "Fiesta", del mismo autor, me conmovió mucho y me gustó. No pude acabarme nunca "Por quién doblan las campanas". Entre los libros que leí el año pasado por agosto, destaco "La vida en sordina" de un autor actual inglés. Es bueno, es curioso pero me gusto más "Alta fidelidad" aunque se hable en él demasiado de autores musicales. El último libro que saqué de la biblioteca es de Grossman, autor ruso que tiene mucha crítica buena. Lo leeré en septiembre. Tendré que volverlo a sacar. Y dicen que "Lolita" es muy transgresora y tal pero no me enteré bien de la historia, no la vi tan espectacular.

lunes, 7 de agosto de 2017

En la España de los cuarenta y pico grados, procuro escribir de recuerdos de novelas para matar el tiempo de calor que va de las tres a las siete de la tarde. Aúlla el viento y dicen que mañana martes van a bajar las temperaturas. Recientemente, me leí "La voluntad" de Azorín. Son una serie de diálogos en los que Azorín y su mentor en Yecla, Yuste, repasan la vida cultural, religiosa, espiritual de España. España estaba atrasada en los pueblos que vivían pendientes de los oficios religiosos. Azorín, luego, va a Madrid a intentar triunfar como periodista y escribe y escribe un montón de artículos. Me gustó cuando Azorín va a Getafe a visitar a un jesuita que llevaba un colegio en Yecla y cómo este hombre está de los nervios allí en Getafe. Y cómo transita la vida en Madrid, tan rápido para un hombre de pueblo y cómo pasa necesidad el autor en Madrid y la amistad que tiene con Pío Baroja y cómo se casa con Iluminada. Y la vida de la monja que al fin muere. Qué tiempos, qué modo de vida. Puedo comparar esta novela con "El árbol de la ciencia" de Baroja. Qué falta de creencia en la vida hay en las dos novelas. Qué via crucis la del médico que quiere seguir una vocación en aquel tiempo de crisis. Pero es que los del 98 fueron muy pesimistas. Yo creo que no reflejaron la vida tal como fue sino su visión del mundo pesimista. La que no me he leído es "Paz en la guerra" de Unamuno y no sé si es también de corte pesimista.
Lucho con mis palabras y mis sensaciones como lector al tratar de expresar lo que me sugirió "Luz de agosto" de Faulkner. Yo creo que es una obra tan extensa en el deseo de comunicar sensaciones que se pierde en las sensaciones mismas. Recuerdo que había una casa habitada por una señora mayor y un negro que la mata e incendia esa casa antes de huir. Hay una persecución. Pero yo me pierdo en lo de las sensaciones: la atmósfera, las palabras, los sentimientos que quiere reproducir el autor. Me gusta más una literatura más directa. Para entregar a tiempo esta novela tuve que saltarme bastantes párrafos para saber el final del que no me acuerdo. Me gustó el perfil del sacerdote que ayuda a una chica negra: está muy bien trazado. Esta obra se escribió en los años treinta. He mirado el argumento en Wikipedia pues yo ya no lo recordaba bien. Por compararlo con otra obra la compararé con "Manhattan Transfer" que me gustó mucho aunque su hilo argumental también se me diluye en el recuerdo. En esta otra obra, las cosas son más concretas y físicas, no tan subjetivas como en la del sureño. Tan denso es Faulkner que a mí me cansa. Procuraré leer otra obra de este escritor al que la crítica valora como a un Dostovieski aunque a mí no me atrae mucho.
Este blog o entrada de blog solo va a servir para justificar que me eche un cigarrillo tras haber consumado un pequeño esfuerzo como es escribirlo. Hoy hace tanta calor como debía hacer en la playa argelina donde el protagonista de "El Extranjero" mata a un árabe de unos disparos. Dice mi hermano que esa novela es absurda. Puede que tenga razón. En qué estaría pensando Camus cuando la escribió. En la novela "El coleccionista", el secuestrador se siente una vez como un gusano por efecto de la mirada de la secuestrada. Hay veces que el ser humano, a nuestro parecer, es peor que un gusano y se lo hacemos saber con nuestro pensamiento que se traduce en una mirada. En la novela "Orígenes" de Malouf, me lo pasé bien con el personaje que es profesor, negociante, poeta y unas cuantas cosas más. Es un hombre completo de la Siria prebélica y admirador de Atartuk, el gigante turco. En "El Lazarillo" todos engañan a todos y se burlan unos de otros, pero en la novela picaresca posterior ya no se cuenta de pobres pícaros sino de delincuentes hechos y derechos.
Yo "El gran Gatsby" no la entendí y me la leí entera, así como no entendí muy bien "Fiesta" de Ernest Hemingway. No se sabe qué hay entre los personajes pero los diálogos son muy buenos.

domingo, 6 de agosto de 2017

Al igual que Bob Dylan nos canta sobre solitarios vagabundos, la literatura está también llena de desdichados. No sé cómo acaba  Ana Karenina pues aun no la he leído pero supongo que mal, al igual que la Regenta o los personajes de Dostovieski. La vida pasa factura al igual que la literatura se la pasa a sus personajes.
Todos podemos convertirnos en una cucaracha. Todos podemos vivir una noche mala en Nueva York. Todos somos el capitán Ahab. De eso se trata. De que todos tengamos algo de esos personajes a los que dio vida la imaginación de un escritor.
He estado leyendo "El coleccionista". Me parece una buena novela. Cómo lleva el autor una relación de tan solo dos personajes me parece fantástico. Cómo va dosificando el conflicto y el drama que hay allí, entre ellos. Cómo, la solución nos la va a ofrecer después de registrar todos los matices de la relación cruel que se da entre ambos. Y he leído "El hombre de traje gris". Me parece una historia bastante convencional, no muy original en la idea pero no la he acabado. Esperaré a ver qué me ofrece. Y he leído "La vida negociable" de Luis Landero. Que es una mezcla de vida de pícaro y de descripción de un alma humana podrida, que empieza mal ya desde los inicios. Parece una novela construida a golpes de invención pero tiene partes muy buenas.
Y en fin, he leído "El calor de agosto" pero solo, dentro de casa, como si el calor que hacía en la calle fuera audible, físico, corpóreo. Es una novela asfixiante, futurista y amarga, como el destino de los hombres.

sábado, 5 de agosto de 2017

Son las cinco y 35 del sábado día 5 de agosto. Bajo una ola de calor me veo recluido en casa. Para entretenerme, he escrito un blog sobre el calor, el cambio climático, sobre "Los otros", una película de fantasmas y sobre mí mismo. No hay que perder las sanas costumbres. A las ocho, pienso pasear hasta las Rozas. Me he fumado un cigarro y he bebido dos vasos de agua. A las seis, cuando concluya de escribir esto, me iré a ver a mis padres. Hay que matar el tiempo. Hablaré de "El hombre del traje gris", novela que me estoy leyendo. Parece una novela muy normal sobre el progreso económico de una familia un poco desastrosa. El padre vive de los recuerdos de un pasado lujoso, de una intervención como paracaidista en la guerra y de cómo afrontar su presente problemático. Tenemos, pues, el personaje problemático de todas las novelas. Hay un toque de humor con los hijos de este personaje. Todos contraen la viruela. Contratan a una nanny muy graciosa. No sé más. Solo sé que me está gustando esta familia que tiene un interrogante en la pared de su casa. Se parece mucho a la vida esta novela, que queremos que salga bien y luego nos conformamos con que salga únicamente y con pasar el día.
Ahora voy a hablar de Fernando de Rojas, autor de "La Celestina". Tenía una gran biblioteca personal. Fue alcalde de Talavera de la Reina, una buena población española. Pero era converso en un clima de antijudaísmo grande en la época. Fue un hombre pesimista. Por eso se mueren todos en "La Celestina". El humor del escritor establece una línea de creación en lo que escribe: si el escritor es pesimista, su mundo creativo tenderá a una crisis. Si es optimista, tenderá a la luz. Lo más lógico es una tragicomedia: luces y sombras esparcidos en los personajes y en el argumento. Lo que a mí no me gusta es la fantasía gratuita: vampiros y gnomos a gogo. Me gusta "La Celestina": es muy real y muy creativa en el lenguaje y en la creación de personajes que serían inmortales.
Son la 5:50. Me quedan diez minutos para escribir. Mi casa está en silencio. Se adivina el reverbero de la tarde. Escribiré de "El Jarama". Es una novela escrita por Sánchez Ferlosio. Quizás sea un tipo pesimista. En una excursión de chicos de Madrid, una chica se ahoga en el río. El río Jarama es bastante importante en la provincia de Madrid. Pero no sé por dónde pasa. Nunca me lo han explicado. Cosas de la educación española: te sueltan un rollo de la novela del siglo XX y no te dicen nada del río ni de nada. Ni te llevan al río de excursión donde pasó todo. Dicen que Ferlosio fue con un magnetófono grabando las conversaciones de los habitantes de las orillas de ese río. Pero no fue así: el captó el lenguaje de esas gentes. De hecho, esta novela es una enorme conversación. Quizá Ferlosio era de los perdedores de la guerra o de los que no se sentía a gusto con el régimen de Franco: de ahí el pesimismo, de ahí el ahogamiento en el Jarama de la chica. Visto desde el sentido de la vida, el argumento de "El Jarama", no tiene sentido alguno. Todos los excursionistas viven para el instante siguiente. Nada tiene sentido en esta novela. Quizás solo las palabras, el lenguaje que se crea, que crea el escritor. En fin, España ha dado muchos pesimistas a la literatura y los seguirá dando al paso que llevamos. 






Son las cinco de la tarde del sábado día 5 de agosto. El paso del jueves al viernes día 4 ya avisó: una noche muy cálida y sin apenas brisa auguraba otra ola de calor. El viernes hizo un calor inmenso y hoy sábado sudamos todos sin quererlo. Seguro que hace una temperatura de cuarenta grados para arriba. Esta mañana hemos bajado todas las persianas y me he levantado sin ganas de hacer nada. No he ido a comprar nada de comer, solo una barra. En la calle, el agotamiento solamente por andar era la norma.
Ahora, a las cinco, después de haber comido gazpacho y una lata de calamares en su tinta, he intentado dormir pero no he podido. Mi casa está a oscuras. Fuera, se adivina un calor infernal. En Radio Nacional, en su programa "documentos", han hablado del cambio climático. Todos los años se rompen records de calor en el sur de Europa. La gente parece que se conciencia. Ojalá prefiriera no hacer nada, quedarse en casa, que coger el coche para hacer el gilipollas. Y no comprara cosas absurdas llenas de envoltorios de plástico. Ya te digo. Además, he estado viendo en la tele este mediodía un programa que se llama "héroes invisibles" que va de gente que vive en barrios pobres keniatas (slams) o gente que lleva a residencias a niñas embarazadas que mendigan en las calles de Nairobi. Después de ver ese programa, en el que salen niños esnifando plástico para no sentir hambre, llenar la botella de agua del grifo me parece una especie de milagro cotidiano al que no doy la necesaria importancia.
Pero lo que hay que relatar hoy es la ola de calor que nos asola. Ella es la verdadera protagonista de nuestros días de primeros de agosto porque no nos deja hacer una vida normal, sino recluirnos hasta las ocho de la tarde que es cuando ya se puede salir a la calle y con todo y con eso, se suda la mar de bien.
Ojalá se reconvierta el proceso y todo vaya bien porque no se sabe si la humanidad se adaptará a una atmósfera que ya estuvo así hace 2000 años, concentrada de gases en una proporción inusitada.
Son las 5 y 22. La casa está a oscuras. El calor, fuera, nos recuerda que somos mortales y torpes. Yo ayer vi una película de fantasmas, "Los otros" y no estuvo mal. Hoy, el fantasma es el calor, un fantasma grande, cruel y poderoso. Temámoslo.

miércoles, 2 de agosto de 2017

Este verano nos está respetando el calor. No están haciendo unas temperaturas insufribles. Estos dos primeros días de agosto, además, aunque yo eche de menos un viaje, están siendo muy tranquilos, una pequeña delicia.
Charlamos con las amigas, paseo largo, escribo, hago algo de comer y me tumbo un buen rato la siesta. Solo echo de menos viajar un poco pero esta vez tiene que ser solo. Paco no viene.
Hoy tengo que hacer acelgas con bechamel. No es difícil.
El sol calienta pero no quema. Los días se hacen cortos por lo suaves que son. El verano va pasando tranquilamente. Ayer me senté en un pub y oí cómo unos chicos hablaban de negocios.
Me comí un helado.
La tristeza de vivir ha quedado atrás. Ahora la vida es como ir en una balsa por el medio del cauce del río. Nada más que surcar y surcar las aguas sin ningún problema. Lo único que añoro es coger la carretera y hacer kilómetros hasta llegar a alguna parte distinta.

martes, 1 de agosto de 2017

Al volver a Majadahonda, volví a dormir en mi colchón grande. En el pueblo dormíamos mi hermano y yo en una habitación muy pequeña en unas camas nefastas y los fines de semana teníamos que aguantar la fiesta de los inquilinos de la casa rural que colinda con la nuestra. Unas voces desaforadas de gente drogada y alcoholizada que se prolongaban hasta las cuatro de la madrugada las noches de viernes y de sábado. Paco los quería denunciar pero no lo ha hecho.
En el pueblo, por las mañanas, siempre éramos los mismos y muy pocos así que yo he procurado leer y escribir. Me ha salido una historia más o menos perfilada. Por la tarde, después de tomar café, me tumbaba en la cama mientras la tele daba las dos telenovelas que siguen mis padres. Luego me daba un paseo hasta una huerta lejana y luego me duchaba. Era un manera de matar el tiempo. Dos días hemos ido a Segovia y hemos roto el ritmo impuesto por el pueblo. Otro día he estado comiendo pipas en la plaza toda la tarde.
Otras veces he estado en el bar, aburrido mientras los viejos jugaban a las cartas. El tiempo se espesa en el pueblo y va muy lento, muy lento.
Al ver tanta gente desconocida en Gijón y en tanta abundancia a mí me entró una sensación extraña precisamente sobre la gente: me parecía una especie de epidemia. Tuve un sentimiento sobre la humanidad durante un tiempo en que asimilaba la población de seres humanos a las cucarachas, a una especie de bichos que se reproducen sin cesar. Ninguna persona me decía nada; quiero decir que las personas me parecían de carne solamente, como si no trajeran con ellas ningún tipo de afecto o alma. Luego que llegué al pueblo, este sentimiento menguó y me pareció todo más normal en cuanto al género humano porque ya tuve trato con él, trato concreto. En el pueblo he aprendido a pasar las horas sin hacer absolutamente nada que no sea mirar, descansar de nada, estar sentado o tumbado. A veces me ponía a escribir y la tarde parece que pasaba más rápido. Esto se debía a la despoblación que había en el pueblo. La plaza la habitaban los mismos viejecitos de la mañana a la tarde. He charlado con ellos pero su conversación se repite. He estado solo o con mi hermano y nos lamentábamos de que en el pueblo no había nada. Era verdad. No había ni una persona de nuestra edad con la que intercambiar una conversación. Uno del pueblo me dijo que de cada cinco casas, tres están vacías. Sin embargo, hay niños pero los padres no los he visto. Estarían trabajando. Los fines de semana había algo de movimiento pero a la tarde volvía la monotonía: la población anciana otra vez.