martes, 17 de diciembre de 2013

Había un hombre que no dejaba de fumar. Iba viendo cómo sus amigos dejaban de fumar, iban al gimnasio, se echaban novia en el gimnasio, se casaban con esa novia, tenían hijos a los que apuntaban al gimnasio y este hombre se frustraba porque iba oliendo a humo allí donde iba que eran los bares baratos, los autobuses, el metro que huele mal, las plazas que empezaban a oler mal, etc.
Este hombre era de poca voluntad y cuando se levantaba, desayunaba y se fumaba el primer cigarro sentado en la taza del wáter. Así no podía llegar lejos nunca. Lo más lejos que llegó fue a Cádiz porque se equivocó de autobús. El iba a Chinchón, a ver a una tía suya pero acabó en Cádiz, nunca se supo por qué. Este hombre era tan triste (todo por el efecto de la nicotina, el humo y los gases) que en vez de disfrutar de la arquitectura de Cádiz, que es muy buena, se fue otra vez a Chinchón, no sea que dijera algo su tía, que era de estas que todo lo echan en cara. En fin, lo mejor es no tener tías.

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