martes, 24 de septiembre de 2013

Acababa el verano y Ron estaba nervioso e irritado. Veía una mujer con perrito y para sí les deseaba lo peor y echa pestes de cuanto veía: niños gritones, viejos lentos y achacosos, mujeres mal vestidas, inmigrantes con su teje maneje idiomático extraño y sus costumbres raras, la que le atendía en la consulta; su cabeza no paraba de decir: puta guarra, niño asqueroso, perrito del demonio, moro mierda, chulito de playa, etc
Hasta que se encontró un lugar donde reposar sus malas pulgas. No pasaba ni un coche, no había ruidos ni gente. Era el cementerio. ¿Cómo lo habéis adivinado?
Y empezó a decir: tú, Antonio Porras Heredia, al que tus hijos no olvidarán jamás, eres el mejor porque no das ni un ruido aquí metidito. Y se fumaba unos cigarritos allí sentado y cuando había visita, disimulaba una llantina frente a un panteón y esperaba a que se fueran esos malditos. Un día lloraba frente a una tumba y resulta que era esa la que estaba siendo visitada.
-No le conocemos.
-Soy un primo lejano, de cuando (miró el nombre en la tumba) el pobre Luisito anduvo por León.
-¿Sí?
- Es una historia muy larga, el pobre Luisito tuvo unas aventuras en León... 
Y se marchaba escondiendo la cara a su asiento y seguía un poquito con la llantina y luego se marchaba a esperar otra ocasión en que no hubiera incordios en ese tranquilo cortijo de los callaos.

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