jueves, 28 de febrero de 2013

La quería ver desnuda. Su cuerpo había hechizado sus ojos hacía ya mucho tiempo que la veía por el Hospital. Era la enfermera más guapa de la planta. ¿Cómo haría para verla en cueros? El traje blanco ceñido dejaba ver unas pantorrillas a la vez fuertes y gráciles y la chaquetilla dejaba traslucir unos senos firmes como piñas dulces. Deseaba verle las carnes al aire, esas carnes tibias entre melocotón y manzana, entre miel y arroz con leche que cada vez que resbalaba por su ojos, su alma se electrizaba como los cables de la luz. Ella era el interruptor de su deseo. Tenía que verla desnuda, pero ¿la desnudaría él mismo o se desnudaría ella ante él?
Era un día de guardia y estaban los dos charlando. Sus ojos se extraviaban por su escote, por sus dos manzanitas golden y entonces ella dijo: Me quieres ver desnuda, ¿no? Ven conmigo. Y se fueron a una sala de rayos x donde ella se desnudó ante él del todo, enteramente, como el regalo más exquisito que hacérsele pudiera.
Era de su misma altura, morena. Sus caderas eran asombrosas por lo anchas y el ángulo que hacían con su vientre, escalofriante. Tenía el pubis alfombrado de azabache y el ombligo era una delicia. Las dos piernas, ni largas ni cortas, dulces como un regaliz y esos pechos tensos y menudos, dos ofertas de Dios.
La miró largo rato mientras sufría una erección. Ella dijo: "yo también quiero verte desnudo". Esto no entraba dentro de sus planes pero él también se desnudó. Todo su cuerpo lo afeaba la cicatriz enorme que le recorría desde el pecho al estómago. La herida estaba aún fresca. "¿Cuándo te dan el alta?" "Me han dicho que dentro de dos días". "Te dejaré mi teléfono si quieres verme otra vez desnuda cuando estés bien". "Vale" Se vistieron. El se fue a la cama y ella siguió con el servicio de enfermería. El paciente, aquejado del corazón, se puso a soñar tanto con ella encima de la cama, que se le abrieron todas las heridas. 

miércoles, 27 de febrero de 2013

Creíamos que llegaba la primavera con sus alharacas de verdores, florecimientos y brotes y lo que ha venido es la nieve en su lugar con su acerada blancura de frío que deja las manos heladas y el aliento hecho vaho.
Bueno, yo creo que me voy haciendo a esto de no hacer nada. A todo hay que acostumbrarse, es el signo de los humanos porque no nos movemos por instintos como los animales, sino que damos respuestas lógicas a lo que nos acontece. Cualquiera que conociese mi situación diría que me envidiaba por ella pero todo hay que vivirlo y hay que ponerse un hábito antes de criticar al monje. Es muy fácil decir: te dan dinero y no haces nada. Vaya chollo. Me dan dinero y parece mucho pero no tanto como para hacer yo una nueva vida distinta a la que llevaba en el sentido suntuoso del término. He estado más de un año lamentando mi suerte y envidiando a los profesores porque ellos sí tenían algo que hacer y yo no, aunque esto sólo parezco entenderlo yo, que he sido profesor. He escrito una novela hasta la página 130 pero no me satisfacía tanto como ser profesor, no lo consideraba un trabajo aunque fuera a un ritmo de dos o tres páginas diarias. He pasado más tarde un bajón de ánimo porque ha llegado un momento que no se me ocurría nada de valor literario y lo he pasado francamente mal.
En resumen, a todo hay que acostumbrarse aunque sea a no hacer nada o a hacer algo muy distinto de lo que durante 15 años has estado haciendo.
He hecho un viaje a Córdoba muy bonito.
He estado deprimido durante una semana larga sin saber muy bien qué me pasaba. 
Y ahora parece ser que todo vuelve a su cauce y el próximo objetivo, aunque un tanto incierto todavía es convertirme en escritor.
Lo que hay que hacer para convertirse en escritor, es escribir. Que te lean es otro cantar y tratándose de España, un cantar muy raro.

lunes, 25 de febrero de 2013

¿De dónde sacaría Galdós esas historias, esos personajes, ese  lenguaje cervantino, ese universo novelesco tan embriagador que cuando te introduces en él, leyéndolo, te crees enteramente en él? Cuentan de él que se sabía capítulos enteros del Quijote de memoria. A los cinco años, ya era un pequeño prodigio. Lo que pasa es que en España, Galdós no tiene el aprecio que merece. Quizás Balzac, Sthendal o Víctor Hugo en Francia gocen de mayor aprecio por los franceses. No lo sé. Yo he leído algunas obras de Galdós. Su prosa te hace partícipe de la historia, es genial cuando te mete con sus descripciones en barrios de Madrid, contando costumbres de sus personajes, sus idas y venidas, sus vicios, sus virtudes. Ahora la literatura no es tan sabiamente abigarrada como la de Galdós. No es tan detenida, tan minuciosa, tan espiritualmente meticulosa. Ahora los personajes de la literatura moderna no parecen tener alma siquiera. Ni siquiera un vicio fortísimo que los condene o una virtud tan alta que los convierta en paradigma de la misma. Los personajes de hoy en día se mueven entre la gente sin un destino cierto, sin un norte, sin ninguna pasión. Son tan fantasmales como las cortas descripciones que no nos hacen vivir ni el alma ni el lugar del personaje. Viven los personajes hoy día sin una pluma enérgica que les dé vida o espacio en qué vivir.
Hoy, los personajes podemos ser tú o yo de lo aburridos que son.
Recuerdo a Benina de "Misericordia", a Torquemada, al niño de "Miau", a la de Bringas, a Fortunata, tan visible en la Plaza Mayor como Jacinta en el teatro. En fin, recuerdo escenas en que estos personajes brillan a la luz del ingenio galdosiano.
Si los comparo con personajes de Juan José Millás, los de Galdós brillan con luz propia, aunque los de Millás tengan más misterio novelesco quizás, como ocurre con los de Eduardo Mendoza, Delibes o Cela pero ninguno llega a la espiritualidad que alcanzan en manos del canario.
Uno lee Galdós y lee Madrid y lee vicios y virtudes humanas en descripciones psíquicas de un grado superior. En otros autores, esto se traduce en un deambular de sus personajes por un universo novelesco vacío de toda emoción. La psique de estos personajes no interesa, son como tú y como yo. Las descripciones de lugares, cosas y tiempos son menudencias comparadas con los esplendores galdosianos que sitúan la acción, que cuentan la acción, que nos ofrecen la acción con palabras tan expresivas como certeras. Pero nos muestran la acción completa desde la mente de los personajes a sus actos finales. Si comparo estos personajes con los de Eduardo Mendoza y no digamos con los de Zafón, se quedan muy cortos expresivamente hablando, aunque la trama quizás es más rebuscada, hay más crímenes, más misterios, más amoríos, etc. Así, en Galdós, en los amores de Juanito Santa Cruz con Jacinta y Fortunata, esa simple trama, vemos todo Madrid y vemos unos personajes que casi viven en él. Que digo casi, VIVEN EN MADRID. Los personajes de Cela con ser tantos, ninguno deja huella alguna. El Madrid pobre de la posguerra puede que sí. La Barcelona de Mendoza deja un tufillo a putas y gente de mal vivir pero no el olor profundo que deja Galdós con su pluma.
Que Galdós se tenga por un hombre antiguo y aburrido entre los estudiantes y lectores españoles no tiene ninguna base pues Galdós fue un hombre serio, profundo y de gran repercusión en la novela, haciéndola única para siempre, heredero siempre del lenguaje cervantino, sin experimentalismos ni modas raras.








viernes, 22 de febrero de 2013

Beatriz quería a ese hombre. Lo amaba con mucha fuerza. A la hora de comer todos salían de las oficinas y como hormiguitas que salieran del hormiguero se desperdigaban por los restaurantes cercanos. Ella le miraba bajar las escaleras pues trabajaba en el piso segundo, ella en el tercero. Luego se juntaba con sus compañeras pero su mirada se desvivía por alcanzar su rostro y hablaba sin hablar con ellas. Sus compañeras se dieron cuenta de que no paraba de hacer torsiones con el cuello como si fuese un girasol que mira constantemente a la luz. El era jefe. Se llamaba Santiago, tenía mucho prestigio dentro de la empresa y era apuesto, guapo, altivo.
Beatriz a veces bajaba al segundo piso a confirmar ciertos datos y le veía y se le hacía la boca y los ojos miel de poderlo contemplar a sus anchas. Santiago notó esta debilidad por su persona en la chica, que llevaba asuntos administrativos para otro jefe como él. Un día estuvo toda la mañana y toda la tarde lloviendo y a Beatriz se le había roto el paraguas. Cuando dieron las ocho para salir, Beatriz se quedó en la puerta, esperando que escampara. Lo que escampó es su nublado deseo de ser atendida ya que, galantemente, Santiago la ofreció su paraguas y fueron caminando unas calles hasta el metro donde la chica, aturdida, pidió miles gracias a tan caballeroso ofrecimiento. Santiago notó el calor y el vapor de las ropas de Beatriz el poco rato que estuvieron juntitos bajo el paraguas. Le gustó mucho la sensación y el olor del pelo de la chica. Beatriz, en el vagón notó un temblor nuevo de su cuerpo todo pues lo tan deseado  se había hecho un pequeño fragor de cuerpos bajo la lluvia y alimentó una esperanza. "Se ha metido el tiempo en aguas" dijo él, agazapado bajo el paraguas protector. "No tenía que dejar en un mes", dijo ella; "¿te gusta la lluvia?""Mucho, hoy más que nunca", se atrevió a decir Beatriz en tono sincero e valiente. Santiago calló pero comprendió. Al llegar al metro se despidieron. La figura esbelta y grácil de Beatriz se coló en el suburbano y a Santiago le quedó una duda, que más tarde se revolvía en su alma con más ahínco. Hasta que un día, Santiago, al salir a comer, la invitó, dejando murmurando a todas las compañeras de ella.
Tanto contento le produjo a Beatriz esta invitación que estuvo muy parlanchina toda la comida y al salir del restaurante empezó a cantar y a dar unos pasos menudos de baile de tal modo que en uno de estos pasos, resbaló su tacón de secretaria y calló en la carretera y un coche que pasó a gran velocidad le machacó la cabeza sin que Santiago pudiera hacer nada por ella.
Esta historia fue muy traída y llevada en la firma de abogados donde trabajaban Santiago y Beatriz. Santiago se recuperó pronto pues las primerizas expectativas que se habían levantado no dieron lugar a un enamoramiento incipiente. Lo amigos de Santiago no supieron muy bien cómo reaccionar y Santiago estuvo confuso unos días por la polvareda que había levantado este caso. Todo se fue olvidando y Santiago encontró una mujer pianista que le hizo muy feliz y la memoria de Beatriz se reduce ya al ámbito familiar.

jueves, 21 de febrero de 2013

Voy a analizar una cuestión personal que me está sucediendo y que quiero dejar constancia de ella para saber a qué atenerme de ahora en adelante para mejorarla ya que me siento deprimido desde unos días atrás. Empezaré por el día miércoles que fuimos mi hermano y yo a ver a la psiquiatra (yo veo a una psiquiatra cada dos meses por mi enfermedad mental, otros verán a un oftalmólogo porque no ven bien. En España, país de cafres, todavía se ve mal toda clase de perturbaciones mentales en las personas aunque estén a la orden del día. Yo siempre digo que por lo menos yo estoy diagnosticado porque hay verdaderos locos sueltos de los que no tenemos ni un indicio médico, sólo vemos su psicótico comportamiento día tras día y cualquiera les llama locos a la cara). Yo he visto comportamientos dignos de psiquiatra  en un trabajo en el que estuve y la pena es que no van a su consulta y joden la vida a los demás sin  que los demás podamos ni siquiera insinuar que están locos. La realidad es que los enfermos nos jodemos la vida a nosotros mismos con nuestras perturbaciones mentales particulares pero no hacemos daño a los demás si estamos tratados. Los que hacen daños son los psicópatas que no toman pastillas. Suelen ser esos que nos encontramos en el trabajo o en la calle y pronto dan a conocer que están majaras por sus malos comportamientos, sus gritos, sus desatinos de toda clase. Pero repito: no van al psiquiatra ni los podemos llamar locos pero lo están. Y son un peligro para los demás, que conste. Ya que estos que encontré yo en un instituto de enseñanza secundaria vaya que me hicieron daño despreciándome. 
Hecha esta aclaración, paso a tratar mi estado mental desde el miércoles en que vi a mi psiquiatra. Yo le dije que llevaba meses levantándome a las once de la mañana y que había engordado mucho. Le dije que me aburría, que no tenía nada que hacer. Ella me dijo que yo iba a tomar la mitad de lo que estaba tomando de un medicamento durante un mes y luego lo dejaría de tomar. Ese jueves siguiente estuve normal pero el viernes noté el primer síntoma de la bajada de medicación y es que me sentí deprimido por la mañana. Me sentí vacío, desocupado, triste por ser viernes y no tener nada de qué alegrarme (un trabajo semanal del que descansar el fin de semana).
Sin embargo, el fin de semana lo pasé bien con mi novia aunque discutí bastante con ella, resentido por haberla dicho que quedara el jueves y el viernes y ella decir que no quería. Aunque discutimos, nos aclaramos al final pero la guardé rencor. Este lunes, lo pasé un poco mal, intranquilo por lo gordo que estoy y lo poco que hago en todo el día. El martes estuve con Antonio Salgado, mi amigo de la carrera de filología y me sentó mal algunas observaciones que hizo sobre mi vida y mis costumbres. El miércoles estuve a Madrid a por un pantalón que compré el viernes pasado y me quedé en la Plaza de España sentado en un banco escribiendo un par de cuentos. Estaba enfadado con Eva, así que los cuentos salieron misóginos. Donde más noté mi depresión era al  ver las caras ilusionadas de jovencitos y otras gentes que se reían y tenían ilusión por la vida y mi falta de la misma lo que me llevaba a comparaciones odiosas. 
En fin, que estaba o deprimido o asqueado de mi vivir.
He leído en una revista de divulgación que los gorriones llenan sus nidos de colillas para evitar que aparezcan insectos en los mismos. Me gustó esa noticia porque da fe de que los fumadores somos útiles de alguna manera a los animales. Se sabe que la nicotina es un veneno en dosis adecuadas. Yo leí una novela en la que una enfermera es asesinada con nicotina. La nicotina mata. El alquitrán mata. El benceno mata. El arsénico mata. Pero podemos estar tranquilos. Todos esos venenos matan lentamente porque las dosis son más que mínimas. Lo malo es abusar ingentemente de los cigarrillos (por ejemplo, fumarse tres paquetes al día). Pero también mata la intolerancia. Hay personas que no soportan a los fumadores. Nos tienen un odio mortal porque echamos humo, un humo que al aire libre no puede ser tan mortal como pretenden. En las casas todo debe estar regulado para no molestar pero tampoco se les puede hacer pasar por calamidades a los fumadores como salir a la terraza en invierno. De hecho, el tabaco es una causa de divorcio. Lo que sí he constatado es que los fumadores tenemos una visión de la vida más hedonista y abierta que los no fumadores. Conozco no fumadores restrictivos, cerrados, discutidores y estreñidos mentales que no soportan la idea de que otros fumen. Y conozco fumadores que son abiertos, tolerantes, amables y educados y que son un encanto en general. Desde luego, siempre he  observado un mejor humor entre los fumadores que entre los no fumadores, esto parece ser una norma. Yo no dudo de que fumar es malo para el que fuma y para los que están a su alrededor pero si el que no fuma no entiende que este vicio es una adicción y a veces necesita uno fumar un cigarrillo, es que no entiende nada y así es en todos los niveles de la vida: tampoco entenderá que una persona necesite dar un paseo, charlar o echar una meada. Hay gente intransigente simplemente porque no tiene necesidades, vicios o desahogos mentales: son cerrados a todo. A lo mejor sólo les interesa la producción, el trabajo o joder a los demás cuatro placeres que hay en la vida porque ellos son incapaces de disfrutarlos. Así que fumar o no fumar comprende una visión de la vida más extensa que el sólo hábito cancerígeno expuesto: además expresa un modo de ver la vida: gusto por los placeres o coacción de los mismos. Heidi o la señorita Rottenmeyer. Tarzán en su selva o un tipo inglés mohoso y peripuesto. Los payasos de la tele o el telediario. Espero haberme explicado bien sobre qué entiendo yo por fumar o no fumar, que no se limita en muchos casos a echar humo o no echar humo. quizás sólo es una idea mía pero creo que esto que escribo lo suscribirían muchos que fuman.

miércoles, 20 de febrero de 2013

Últimamente he oído muchos consejos, no se si apropiados o simplemente tenían la intención unas veces, de interesarse por mí o simplemente hacer unas apreciaciones en tono irónico y de poco aprecio. Lo que voy a hacer en estos días siguientes es hacer caso a mis sensaciones y mis sensaciones no son buenas por lo tanto, algo he de cambiar en mi forma de vida o costumbres. Últimamente tengo unos sentimientos pobres, melancólicos de la vida. Casi todo mi tiempo libre que es todas las horas del día, las doy como perdidas y eso me hace tener un sentimiento de inutilidad.

No voy a hacer caso a nadie más que a mí mismo y empezaré por analizar cuáles son mis gustos. Siempre me ha gustado el deporte, así que haré ejercicio. Me apuntaré a un gimnasio para el mes de  marzo que está por venir. Iré por las mañanas porque suele haber poca gente y me viene bien esas horas para despertar mi cerebro con ejercicio. Recuerdo el tiempo en que iba al gimnasio y lo recuerdo como algo placentero.

lunes, 18 de febrero de 2013

Con la debida reticencia
vamos dando pasos inseguros.
Los mortales no debemos creernos Dios
pero tampoco asemejarnos a los animales.
Ahí en esa línea tan difusa
en la que somos humanos y no lo somos de repente
por obra y gracia de mil maneras de desgracias
que nos asaltan en la vida
y nos prueban vestidos de corbata, 
yendo a misa o manifestándonos
contra todo lo vigente, estamos.
Y de ahí no salimos ya en la vida
a no ser que nos hagamos millonarios
y podamos pasar el resto de la vida
en isla paradisíaca en taparrabos.
Yo notaba que la novela me estaba poniendo a prueba. Me sentaba, como todos los días, a las cuatro de la tarde, después de tomar café y me ponía a escribir pero nada...aquello no iba, no escribía ni dos líneas que ni siquiera me satisfacían. Llevaba desde Navidades escribiendo dos páginas diarias a la misma hora y en el mismo lugar, la historia era benevolente conmigo, se dejaba hacer, había personajes que se me iban de las manos y todo ese rollo de escritor que escribe. Pero ya no me salía, ya no escribía nada que me gustara. Pensé en escribir un nuevo personaje para la novela. Creé un personaje malvado y réprobo que no iba con el carácter amable de los personajes que había creado ya. Ni yo mismo me creía cómo podría surgir tal personaje en tan amable historia, qué tenía que ver con aquellos que surgieron en Noviembre y eran dulces y miríficos, llevaban una vida normal sólo rota por algún altercadillo leve que solucionaban en un pis pas yendo al médico o dándose mil perdones y un beso fraterno entre ellos. Este nuevo personaje tardó en salir de mi inspiración y andaba renqueante en la narración, no se abría paso con facilidad en un mundo idílico en el que todos se querían y demostraban su afecto a cada paso. Un día, después de tomar café con los amigos, como siempre hacía después de comer, anuncié a estos que "no iba a la novela". Mis amigos se sorprendieron de la negativa y preguntaron que qué pasaba con la novela. Que no sale, dije yo. Ellos idearon nuevas tramas, nuevos incidentes, chantajes, duelos, divorcios, crímenes que no me satisficieron porque, entre otras cosas, yo era el dueño de la novela y del destino de aquellos personajes pero ese día no quería luchar más con la novela y me fui a pasear, a olvidar todo ese lío de descripciones, escenas, diálogos que me estaban enredando y a la vez amargando la existencia porque no brotaban como antes de mi ingenio. Me tiré una semana dándome paseos para olvidar mi novela. Un lunes, decidí ponerme otra vez ante mi historia, la historia que estaba creando. Nada, no surgió ni una línea buena. Traté por todos los medios de que aquello avanzara pero todo me salía inverosímil y absurdo y falto de gracia. El personaje malvado que creé parecía burlarse de mí, diciéndome: "no me crearás" y dejé de intentarlo cansado y hastiado del esfuerzo hecho para no conseguir nada aceptable.
Llevaba unos días tristón pues las Musas, definitivamente, no me eran favorables. Desistí de labores literarias e improductivas y me di a pasear a todas horas por la ciudad. Notaba que mientras iban avanzando los días de paseo, volvió a rondarme la idea de seguir con la ingrata historia que no se dejaba hacer.
Pero todo surgió cuando después de comer un sábado en que no fui a ver a mis amigos de café, me tumbé en la cama cansado también de paseos peregrinos y llenos de olvido. Entre el sueño y la vigilia pensé en matar al personaje principal. "Te mataré", grité en el duermevela de la siesta. Y al despertarme vi un sueño que se haría realidad en las próximas semanas: cometería un crimen pues los personajes no me permitían su creación; los mataría. No, mataría primero a uno principal a ver si los otros se asustaban y me dejaban seguir con la historia. Todo cambiaría en la historia. La desgracia se haría patente y todos se plegarían a mi voluntad otra vez. El personaje que al principio traficaba con drogas y deambulaba por Madrid haciendo fechorías, sería el arma homicida. Me dio miedo planear el asesinato, matar a un personaje que había estado entre mis manos durante meses pero creía que era la única manera de avanzar: un escarmiento, un giro del destino plácido de la historia en general. Lo haría en los próximos días. El crimen, la tragedia llegaba y la planearía estupendamente para que todo se tiñera de negro en la historia. Amén.
Nadie ha tomado café en una cafetería pues ha amanecido sin leche ese lunes por la mañana. La madre de Nadie decía que los lunes son azarosos. Nadie, después de tomar café y constatar que su presencia en las calles es puramente formal (las calles parecen decir: hay uno más pisándonos), se ha dirigido al supermercado a por leche. Las expectativas de Nadie nunca se cumplen bien. Nadie nunca sonríe porque nada de lo que ve le hace gracia, Nadie se aburre enormemente este lunes gris, Nadie no parece tener tener fe en un futuro porque el futuro, ¿qué es? En fin, Nadie no es notado por nadie ni por nada, parece un espectro que anda de aquí para allá solitario y triste como cualquiera.
Cuando llega a casa se echa un cigarrillo y anda por la casa encendiendo el televisor, encendiendo el ordenador, encendiendo otro cigarrillo y lo que no se enciende en la cabeza de Nadie es la felicidad de estar vivo porque la vida que le rodea no da ni un destello de eso que se llama felicidad. Todo es gris, aburrido; todo lo que le rodea está como sin ganas de estar, como un añadido torpe de lo que es el verdadero sentido de las cosas. El sentido de las cosas, piensa Nadie, es hacernos felices pero si esas cosas han perdido su brillo, su esplendor, ¿quién se lo devolverá? Y ya Nadie empieza a pensar que vive en un mundo oscuro como una caverna de la que no sabe si algún día saldrá.
Aun sin ganas de escribir, tomado por entero por el aburrimiento de no tener nada que hacer, me he levantado esta mañana y mi horóscopo me anuncia una semana complicada. El horóscopo suele fallar pero la semana que se avecina seguro que no fallará.
Mañana martes veré a Antonio, el amigo de la carrera de filología,  y espero que sea una conversación interesante la que se cruce entre él y yo. Porque nada interesante guarda esta semana entre sus arrugados y tristes días en que, ya digo, no hay nada que hacer.
Mis antiguas ocupaciones han sufrido un parón. Tengo dos narraciones por continuar y se me ha ocurrido una idea: mataré a uno de los personajes, a ver qué pasa. Espero que todo se trastoque con una muerte violenta y cruel pera dar inicio a la resolución de todos los conflictos que plantea el texto. Me libraré de mis personajes que no avanzan avanzando la muerte de uno de ellos. Es duro, casi me pongo a llorar de pensar que tendré que escribirlo, pero lo escribiré; así me liberaré de la gran carga que era ir buscando ocupaciones y entretenimientos para unos personajes con los que ya no sabía qué hacer. Parece una cosa dura el matar a un personaje pero el terreno de la ficción puede con todo, todo lo aguanta como la redacción de las leyes que nunca se cumplen.
Por otro lado tengo otra narración que consiste en un hombre que se quiere hacer mendigo por voluntad propia. Y ese es el gran problema: ¿cómo justifico yo que un hombre se quiere hacer mendigo?¿cómo puede ser que un hombre con su televisor y su nevera llena quiera hacerse mendigo?¿es absurdo, no? Pues así de absurda debe ser mi novela. Me da igual que no tenga parangón con la realidad en que vivimos en que todo el mundo quiere más y más. El caso es que no voy a buscar justificaciones a este hombre que se quiere hacer mendigo, se hará mendigo porque a mí, su autor, le da la gana. Porque desde su situación de mendigo puede filosofar mejor. Lo malo es que me tengo que inventar el pasado de ese mendigo que quizás sí justifique su mendicidad pero ese pasado soy incapaz de inventármelo. No sé qué pasado de un hombre puede hacer que sea mendigo voluntario. Y hay que recalcar eso de voluntario. Porque nadie es mendigo voluntario en esta tierra, que yo sepa. ¿O sí? Dicen que de todo hay en la viña del Señor, por lo tanto ha debido haber mendigos voluntarios a lo largo de la historia, véase, Diógenes, el que vivía en una cuba, uno de los primeros filósofos del mundo, que fue, en realidad el que me sugirió componer esta historia. Necesito un pasado o una voluntad firme de  ser mendigo para crear un personaje pero no me sale ni una línea. ¿Qué hacer? Dios proveerá.

domingo, 17 de febrero de 2013

Voy a analizar mi estado de ánimo que sufrí el día 15 de febrero de 2013, viernes. No es fácil ya que fueron sentimientos difusos. Lo único que sé es que me infundieron un gran temor a sufrir una depresión. Más o menos lo que hice el viernes fue levantarme más pronto de lo que tenía por costumbre así que puse el despertador que traje de casa de mis padres. Puede que influyera en mi estado mental el hecho de no haber dormido de un tirón sino como un duermevela, pendiente precisamente del mismo despertador. Mi hermano se levantó esa noche varias veces alertándome y despertándome también porque tenía que madrugar para irse al taxi (mi hermano no soporta la idea de tener que madrugar). A mi mente acudió un inmenso aburrimiento o inacción que me dejó bloqueado para escribir en mi novela o en el blog de modo que me quedé largo rato mirando por la ventana, yo solo en casa, impotente y lamentando mi suerte de no poder expresarme o contar ninguna aventura de mis personajes.
Esta inexpresividad de mi mente y de mi espíritu me fue minando poco a poco hasta conducirme a un colapso mental en el que yo creía que me iba a quedar para siempre triste por no poder expresarme o que se me fuera la inspiración o algo así y empezó a producirme temor. Solucioné el asunto yéndome a charlar con Elenita y Carmina, dos amigas mías. Pasé la mañana así y recuerdo que después de acompañarlas, me fui al parque a fumar un par de cigarrillos y es allí, en el parque, cuando empecé a pensar que vaya viernes más anodino, raro y aburrido, cuando los viernes siendo profesor eran tan agradables  y épicos, por decirlo así, y no los volveré a vivir y me empecé a desasosegar de tal manera que me creía desdichado por no tener un horario o un trabajo del que estar pendiente o no estar pendiente pero que me resolviera tantas horas de estar de más por Majadahonda y empecé e desesperarme grandemente. Luego comí y fui a tomar café y "la tertulia" estuvo animada con Alfonso y Paco, mi hermano, que no paraba de darme consejos al contarle yo cómo me sentía. Mi hermano decía que debería construirme un horario: lectura, escritura, etc. Luego, Paco y yo nos fuimos a Madrid y se me pasó la sensación de miedo por falta de inspiración que había sufrido por la mañana. Hicimos unas compras en El Corte Inglés y nos comimos unos bocadillos de calamares. Al llegar a casa estaba muy cansado y me acosté. Llamé a Eva pero no quiso venir a casa. Paco se fue al Kentuky. Creo que acabé de leer "Mahattan Transfer" antes de acostarme.
Ahora que he analizado el día este del aburrimiento, la falta de inspiración, el temor a no saber qué hacer en largas horas de inacción y postración mental, puede que la clave esté en la noche anterior que no dormí bien, junto con la idea de que los viernes son felices porque anuncian el descanso pero mi descanso empieza el lunes y no acaba nunca, estado que todo el mundo diría que es una bicoca pero que yo he constatado que a veces es una trampa en la que se cae por no tener un destino desde que uno se levanta hasta que se acuesta y que provoca una sensación grande de inutilidad en el alma y no deja uno de vivir en el recuerdo, de cuando uno era, precisamente, útil y estaba ocupado.
En fin, si el estado depresivo de ese día lo provocó el mal dormir, lo que hay que hacer es dormir bien de un tirón y levantarse sin condicionamientos que imponga Morfeo.
Otro dato es que al visitar a la psiquiatra, esta se alarmó mucho de que yo me levantara a las once todos los días y yo me acomplejara por los kilos que tengo de más por esta causa y de repente quisiera perder kilos, despertarme pronto, andar por hacer ejercicio y al cabo lo que he conseguido es obsesionarme con estas cosas y dormir mal. La psiquiatra me bajó la dosis de un medicamento y eso también pudo influir.
El caso es que si me levanto más pronto y preocupado por los kilos de más y por las horas de más que duermo etc lo que sí debo hacer es ocupar las horas de modo satisfactorio sea haciendo ejercicio o escribiendo pues son las actividades que yo sé hacer junto con la lectura.
Un último apunte resulta de la manera en que yo me levanté el sábado y fue que yo temía que ese miedo que sufrí el viernes se iba a producir otra vez y me alarmé pero el sábado fue un día ameno y tranquilo que pasé con Eva, Robi y Laura y no estuvo mal del todo.
Si todo fue producto de mal dormir espero que se solucione si duermo bien y dejo de obsesionarme con mi peso y con mi sueño.
Otra obsesión que tengo, que la comunico con Eva, es el hecho de tener hijos. Que tengamos los dos una posición desahogada y no tengamos hijos me desazona y me parece un egoísmo no tenerlos y aunque piense en la edad de Eva, mayor para tenerlos, y en la dificultad que comporta criar un hijo, no dejo de pensar en la posibilidad de tenerlos, aunque sea adoptado. Y me rompo la cabeza con esta cuestión que no va a ningún lado nunca. Es una obsesión estéril, de las peores que hay.

jueves, 14 de febrero de 2013

Hoy por fin me he despertado un poco más pronto. Me he despertado a las diez.
Me siento más despierto. Parece una ironía que me sienta más despierto habiendo dormido menos pero así es. La sensación no es ya de haber perdido tantas horas en la cama. La hora a la que me despertaba antes no era todo lo decente que cabía esperar. Esperemos saber aprovechar esa hora más en hacer algo productivo. Ya he leído las noticias y parece que el escándalo Bárcenas ya no resuena con el furor de los primeros días. Dejemos que los jueces hagan su trabajo, es la consigna. Ayer, dándome un paseo por el pueblo de al lado (por el hecho de dormir tanto he cogido unos kilos y los quiero echar fuera andando a buen ritmo) empecé a reflexionar sobre el esclavismo. El esclavismo fue un sistema adoptado por los pueblos antiguos que consistió en que en cada guerra que se hacía se tomaban prisioneros y se los hacía depender de un amo, de tal modo que hasta su vida dependía del amo. Una profesora de Historia nos contó que los esclavos eran como los modernos electrodomésticos: eran objetos, no personas. No tenían el status de seres humanos. Se les empleaba en mil cosas: educación, servicio doméstico, construcción, etc. Plauto nos da una visión de esos esclavos en sus comedias. Espartaco lideró una revolución de esclavos que se adueñó de la isla de Sicilia y dio qué pensar a los romanos. Marx estudió esa revolución, como otras que ocurrieron más tarde, que tenían el fin de volcar el orden establecido. Los de abajo se ponían en el puesto que ocupaban los de arriba. ¿Sería posible una revolución hoy en día? No una revolución política, sino una revolución del sistema por el cual se invertiría el poder de las clases sociales. Yo digo que no pues el sistema en que vivimos es muy permeable a que los de abajo puedan escalar posiciones sin acudir a la violencia. 
Pero a mí me gustaría ver si en esta sociedad hay esclavos, no a la manera del Imperio Romano sino gente que, atados a algo, pierden por entero su voluntad decisoria. Yo digo que sí los hay, incluso que todos nacemos un poco esclavos de algo, aunque sólo sea por ser esclavos de una situación dada que nos impide ejecutar nuestra voluntad. Por ejemplo, el paro. Estar en paro bloquea mucho la voluntad de la gente, pues no le permite ser libre del todo.
Hay gente atada al mundo material: sólo es libre si compra determinados artículos de moda.
Hay gente atada al mundo intelectual (cine, novela, cultura en general). No sabe hablar de otra cosa y no ve el mundo real.
Hay gente politizada: tampoco ve el mundo real.
¿Sería libre el que no dependiera del dinero, ni de la política, ni de sus propios semejantes? Por ejemplo, un eremita en una cueva.
Había una profesora de literatura que siempre preguntaba cuando nos hacía el examen de un libro: ¿Cómo consiguen liberarse los personajes?
Habría que inventar el término "libertarse" que sería cobrar la libertad que perdemos en este mundo. Liberarse sería una cosa y libertarse sería otra distinta.

miércoles, 13 de febrero de 2013

El hombre miró a sus zapatillas recién compradas, se iba a hacer caminante. No temía que el agua se le colara por las suelas, puesto que en su región llevaba años y años sin llover. Tomó un café en casa, tranquilamente. Metió en su mochila un dinero, se la echó al hombro y salió por la puerta sin nadie a quién decir adiós. Quizá decía adiós a su rostro en el espejo, cada vez más ajado y que esta mañana tenía cierto halo de ilusión en sus contornos.
Si embargo, no madrugó. El día era muy largo y él no tenía ocupaciones. Tampoco lo haría el primer día de echarse a andar. En el ordenador dejaba un sinfín de historias escritas por el hombre sedentario que fue. Historias que ya no tenían sentido. No podía llevárselas consigo. También dijo adiós a esas historias. Ahora el sentido estaba en el camino que iba a recorrer.
Se dirigió al Norte, a la ciudad próxima, y por la carretera, mientras fumaba un cigarrillo tras otro, pensó que pronto sería el hombre que siempre quiso ser. El hombre caminante. El hombre sin destino. The rolling stone de las canciones de Dylan.
Y pronto lo fue. Cuando llegó a la ciudad próxima comió algo y se metió en un tren que le llevó lejos. Lo más lejos que había estado nunca de sí mismo. Y no dejó de rodar ya nunca, hasta que se hizo viejo y por su propio bien ingresó en una residencia de ancianos a tres mil kilómetros de la ciudad que le vio nacer.
Los ancianos se maravillaban de las cosas que había hecho el hombre caminante durante su vida.
Cuando estaba en el lecho de muerte, el hombre caminante pidió ser enterrado en su pueblo natal, en Segovia. Nadie sabía muy bien lo que decía, creían que estaba loco. Le enterraron en el cementerio de la ciudad, ciudad rusa en la frontera con China.
Y allí yace el hombre caminante que un día se echó a andar y no paró hasta hacerse mayor.




martes, 12 de febrero de 2013

Decía Gabriel García Márquez que el oficio de escritor es muy solitario. Además, digo yo, es una lucha contra tu propio espíritu y tu propia mente. Si tu mente no crea, tu espíritu deja de creer en tu mente y se desespera. Salen las dos malparadas pues después de ese estado de falta de inspiración, tu espíritu deja de tener fe en lo que has hecho anteriormente y todo lo creado se viene abajo.
Ya nada vale, ni lo anterior ni lo que pobremente creas después, que es como un añadido triste y sin ganas.
Es mejor dedicarse a otras cosas hasta que algo haga surgir otra vez la fuerza creadora.
Es duro enfrentarse a la página en blanco y que no te salga nada.
Y es duro porque es la tarea principal que uno se marca.
Pelillos a la mar. Me voy a dar un paseo.
No sé lo que me pasa últimamente que no tengo fe en lo que escribo. El pequeño orgullo que pudiera sentir por lo que escribo, ya no lo siento. En mi divagar por casa y por las calles no enlazo ideas de contenido poético o narrativo, no se me ocurre nada bonito sobre lo que veo o siento, no veo pequeños argumentos en las cosas que percibo, no delineo en pequeños pensamientos la descripción de cosas ni personas. Ando como falto de inspiración por el mundo y me siento muy mal.
Es una tortura ponerme por las tardes delante de mi novela y no ocurrírseme nada bueno.
La valoración que hago de mis ocurrencias es muy pobre porque pobres son mis ocurrencias.
Bueno, esperaré a que esto cambie.
Febrero no ha venido muy cálido que se diga pero veré la manera de hacer ejercicio porque me veo muy gordo. Esta tarde procuraré andar hasta Las Rozas y quitarme esa idea de pereza que me mata.
Intentaré esta tarde escribir; si no puedo, me iré a andar.

lunes, 11 de febrero de 2013

Desde la ventana, la limpieza del azul del cielo en el atardecer no logra más que transmitir un frío gélido al igual que el turbio color de las nubes color ceniza o naranja pálido, reflejos de un sol baldío y débil que no da ya calor ninguno a la tierra. 
Las sombras se adueñan tímidamente de los colores para envolverlos en una tristura de invierno gris y ajado, como despidiéndose de un día que no merece recordar.
El día se le ha pasado a Nadie pensando en una posible mejora de sus condiciones de vida, charlando con conocidos del tiempo y de la crisis, evidenciando que mañana seguirá siendo el mismo Nadie de hoy. Y sin embargo no se queja de nada, pues sabe que las quejas no se oyen ya por estos lugares que habita pues ya se han colmado los oídos de los vecinos de Nadie de quejas y tribulaciones hasta que se han vuelto insensibles a ellas. Ya no se admiten más quejas.
Y Nadie ha ido asistiendo al acabamiento del día mientras ahora mira por la ventana a ese día muribundo de ningún recuerdo. "Dan ganas de resucitarlo", dice Nadie por el día que se está yendo. Los árboles le han dicho con su lenguaje reposado: "No. Déjalo que se vaya, que se muera. La noche nos es más agradable que este día enfermizo y ruin." Y Nadie ha comprendido que lo que es, es y nadie puede cambiarlo.
Contando con que las noticias no suponen ni el 1% de lo que ocurre en el mundo y contando con que esas noticias suelen ser siempre negativas, podemos calificar a las noticias como falsas o sólo representativas mínimas de una tendencia general de lo que pasa realmente. Ahora salen casos de corrupción a porrillo, obviando las noticias que pueda haber de una buena gestión política de las cosas públicas.
Lo diarios nos abruman con muertes a puñaladas, muertes por disparos, violaciones, estafas, robos, etc. Como si no hubiera nada más que asesinos y ladrones por el mundo.
Un solo día de nuestra vida nos demuestra que la misma es más bien aburrida y obedece a unos mecánicos procesos basados en la rutina; o sea, que en nuestra vida, al menos en la mía, no suele suceder nada fuera de lo normal. Y así un día tras otro. Si pregunto a un conocido o un familiar cómo le va la vida, suele decir: "bien, tirando". O sea, que grandes cosas tampoco les han ocurrido a ellos.
Unamuno inventó el término "intrahistoria" para hacerse eco de esas masas de personas que hacen todos los días historia yendo a trabajar, cuidando de los hijos, haciendo el bien para la comunidad, etc. Somos eso, gentes y gentes que no salen en las noticias y que vamos haciendo el día a día del mundo con nuestras cosas, nuestras historias particulares, nuestros quereres, nuestros odios.
En fin, si el diario quisiera ser fiel a la realidad, tendría que poner un titular por cada persona que existe en el mundo y contar su pequeña historia. Y eso no es posible.

domingo, 10 de febrero de 2013

He pasado la tarde oyendo canciones de Bob Dylan en la radio. No es mucho pero tampoco hay que desdeñar esa canción, "the hurricane" que todavía estremece aunque sea un poquito.
La verdad es que Bob Dylan canta con muermo, con un muermo grande de narices llenas de mocos.
Bob Dylan narra en sus canciones el último tercio del siglo XX, ese siglo de sublevaciones fracasadas a la puerta de París, ese hippismo tonto, ese canto a la paz, ese deseo de que los dictadores fueran por lo menos más jóvenes.
La música jugó un gran papel en esa falsa revolución en que nada cambió. Por lo menos tenía significado. Significado político.
Ahora la música no tiene más que un significado tonto, para pasar el rato.
Ya son viejos Bob Dylan, Mark Knofler, Eric Clapton. Otros murieron. Los que han continuado no tienen preocupaciones políticas.
La crisis de hoy en día ha hecho un daño moral, además de económico. Nos han arrastrado a pies de los banqueros, de los políticos y no hemos dicho nada y menos han salido canciones denunciando esta coyuntura.
Los músicos, esa banda de sonajeros locos que se mueren por un porro... Rosendo yo creo que sigue en la brecha. A ver si saca disco.
Como me aburro, trataré de escribir una pequeña historia.
Empieza la historia con un matrimonio que tienen un hijo. Mientras este crece, tienen una hija. La casa se empieza a parecer a un psiquiátrico desorganizado, donde la locura manda más que los sanadores. El niño empieza a berrear y se niega a obedecer a los padres. Lo triste es que el niño tiene sólo cuatro años. El niño quiere jugar a la hora de comer. Su hermanita también se apunta al desorden. El niño no come ni juega, la niña tampoco. Se dedican a desorganizarlo todo. La cara de impotencia de la madre parece que se va a caer al suelo. El  padre ha empezado a tomar pastillas para poder dormir. El niño corre, se tira por los pasillos, se agarra al sofá con fuerza, llora, grita, se encara con los padres. La solución es la Supernanny, que acude en ayuda de estos padres desesperados. La supernanny pone en un cartel muy grande lo que hay que hacer en cada hora del día. Dice que el padre se ocupará de la niña y la madre se ocupará del niño. Cada vez que un niño de estos haga algo bien, pondrán un circulito rojo en un panel, a modo de puntuación.
La supernanny explica a los padres cómo deben dirigirse a los hijos: sin crispación, con autoridad, diciendo las normas y las órdenes a la cara de sus hijos, que tienden a la distracción. Cuando el niño pone la mesa por primera vez, lo hace llorando porque ve que ya no es el centro de atención, que está obedeciendo órdenes de sus padres, cosa que no hacía en muchos meses atrás. El niño come solo por primera vez en mucho tiempo y su hermanita está ya muy calmada.
La supernanny se pasa después de una semana a ver si han surtido efecto sus indicaciones. Comprueba que hay defectos en el trato que dan sus padres a los hijos. La supernanny dice que no debe haber ni una sola concesión a la voluntad caprichosa del hijo, que es el más peligroso. Los padres van aprendiendo, los hijos obedecen y hacen sus cosas solos. Ya no gritan, ya no desafían la autoridad de sus padres. La casa deja de ser un pequeño manicomio. Fin de la historia.
Me obligo a escribir porque quizás 
sea la mejor manera de pasar el rato
como decía Baroja.
Acuño en letras negras un pensamiento burdo
y quiero que suene bien esto de ir diciendo
que me siento mal,
que no hay por donde mirar
a este mundo que da vueltas.
A veces pienso en las cabezas humanas que pueblan el planeta
lo poco que razonan, lo mucho que loquean.
Los inventos nos vuelven gilipollas, 
los niños tiranizan a sus padres, 
la cocacola nos da un respiro de burbujas y miel,
los asesinos y ladrones siguen en la calle
mandando, qué triste.
Insultos a la razón y a la justicia, todos los días.
A ver en qué acabará esto, dicen los viejos del lugar.
Los domingos los periódicos adivinan que tenemos tiempo para leer un montón de noticias y por eso cargan sus páginas de ellas hasta la hartura. Yo las leo en internet, las de todos los periódicos. Me limito a los titulares aunque a veces leo algo de opinión o alguna noticia que considero interesante. Por ejemplo, he leído una que dice que España no está en recesión, sino en depresión, como estuvo EEUU en 1930. También leo sobre un niño de 12 años que ha viajado desde Bruselas a Málaga burlando todos los controles. Me gustaría hacerlo yo. Es una noticia simpática. Leo que en México hay 13 violaciones cada hora, en el Congo hay 1100 al día. Leo sobre los drones, esa nueva forma de matar. Leo sobre los narcos en Medellín. Leo sobre los indultos del gobierno, leo sobre la crisis institucional española, de modo que el político mejor valorado tiene un 3. Leo tantos horrores que me quedo tieso, dolorido y espeluznado ante tanta barbarie que se desata en el mundo todos los domingos. La crisis está ahí fuera haciendo trizas todo atisbo de esperanza. La situación mundial empeora a una velocidad demoledora. El paro sube aunque los gobiernos hicieron reformas para que bajara. No hay reforma que valga para algo en estas horas bajas. La corrupción que aflora como una fantasma que estaba enterrado, lo vuelve todo más difícil. Lo peor de todo es que si uno empieza a pensar en todo este infierno de mundo en el que vivimos se siente uno muy mal y se pone a pensar también qué podría hacer para remediarlo y al no encontrar modo de solucionar nada, se le queda a uno mal espíritu y con un resabio de culpa. En el ámbito privado de la casa, uno se siente bien. Uno ha descansado, ha desayunado y ha leído el periódico tranquilamente en un sofá. Pero, ¿y ese malestar que se sufre después de leído?¿Con qué se remedia?¿Qué se puede hacer aparte de maldecir tanta desfachatez y crueldad vista por el mundo? Nada. Rumiar un poco el mal sabor de boca que queda y apaciguarlo con una paella dominical.
Todo va mal. Seguro que todo va a ir peor. Los locos gobiernan el mundo. Sálvese el que pueda. Esta es la triste consigna.

sábado, 9 de febrero de 2013

Jacobeos y girondinos
peregrinaron a la jónica Malandria
trayendo cuadérnicos alópeces de titanio
para atentar contra heliotropos de dudosos yambos.
Y cuenta la historia que un día
que los caleidoscopios rústicos de la infame Teucra somnolecían torpemente,
todo explotó por arte de tenues y livianos pétalos de guíndalos rojos.
Y no quedó ahí el circunloquio de la novédula
sino que se ampulofizó el créntulo de la archicrátera macerado en  dosis pequeñas de argentifrizo de kilogramo.
Y el imperio de los subgólidas decayó en una ruina similar a zapateros y rajoyes.
España va mal, rapsodan los tintéricos; España va peor, muyuscan los tertúlicos. Una de calamares, se oye en los aledaños de la Plaza Mayor. Que los den por culo, salta el camarero. Retinentes portaníqueles resuenan por las plazuelas. El que no tenga posibles, que se vaya de Madrid. A la cuarta pregunta se está jodidamente. El señor Bonifacio siempre lo ha dicho: el dinero hay que mirarlo. Por la calle del Desengaño, surgió la luz: ni la novia era buena, ni el empleo decente. Téngalo a bien, señor juez: este chico es gilipollas. Inocente, ya lo es; ahora falta que no salga culpable. Lo dicho, a vivir que son dos días y mañana ya no estamos.

Ya no me asombra levantarme tarde. Para lo que tengo que hacer... Lo he tomado como una costumbre. Una costumbre un tanto fea pues se dice que al que madruga Dios le ayuda aunque es un mero refrán que tendrá su contrarrefrán aunque yo no lo he encontrado todavía; podría ser: de grandes madrugones estamos hasta los cojones o algo así.
Lo que me asusta un poco es la inapetencia que he tomado a leer y a escribir, actos que me distraían siempre día a día.
He leído un artículo de Francisco Rico, eminente filólogo, sobre los papeles de Bárcenas. Dice que son falsos. Que se escribieron de una sentada. Cita el trabajo filológico que él tuvo que hacer para deducir la biografía de Petrarca. Petrarca lo que hacía es tergiversar su propia vida o la narración de su vida.
Bueno, el caso es que ayer estuve en el Kentuky, local al que voy los fines de semana y me aburrí sobremanera. Encima, un tipo al que conozco se portó de manera un tanto escandalosa a mi modo de ver. La verdad es que está un poco imbécil, le daremos de lado.
La novela que escribo se ha estancado de una manera persistente y he de buscar el modo de continuar con ella aunque sea de modo un tanto arbitrario. Necesito esas dos horas escribiendo cada tarde.
Supongo que me inventaré un personaje nuevo que meteré en la historia aunque sea de canto, para que la historia siga.
Los ejercicios domésticos como fregar, limpiar o cocinar también me entretienen un tanto, así que seguiré haciendo cargo de ellos porque no me sale ni una linea como Dios manda últimamente.
Como dice una canción de Serrat: me distrajo un vecino que también no hacía más que rascarse la cabeza. Así ando yo: rascándome la cabeza que es un primor.

jueves, 7 de febrero de 2013

Hoy ha sido de esos días en que las cosas que veo muestran unas aristas hoscas, mostrencas y muy ordinarias. Parece como si la inspiración hubiera muerto para siempre y veo taxistas, tenderos, jubilados que se cargan de carne y hueso y aburren mi mirada desesperada por que haya algo de espíritu por la calle a la que doy vueltas como sonámbulo.
La poesía está en otro lugar, en otras mentes. Por aquí, no hay otro estímulo que un café con leche en un bar efímero y diario como los gorriones que apestan a mediodía y a migas de pan.
Será la condición de mi enfermedad que me hace estar un día muy eufórico y entusiasmado y otros se me cuela dentro un aluvión de aburrimiento que me hace vagar de aquí para allá sin centrarme en maldita la cosa.
Me está costando escribir todo esto porque no tengo maldita la gana de escribir pero tampoco tengo ganas de tumbarme y escuchar la radio ni ver la bazofia que echan por la tele y ya me he dado todos los paseos posibles de lado a lado de la calle y todo está vacío como  si la gente huyera de este frío y de este tedio de vivir y se hubiera refugiado en el aburrimiento de estar sentado y por lo menos no estar muerto o sufriendo los horrores de estar loco.
España va mal; los españoles, fatal y a la poesía y a las cosas bonitas de este mundo les han dado más ostias que a una estera y están en rincón a ver cuándo pueden salir de su agujero.
En este invierno, la gente no habla más que de cosas desagradables como la corrupción y los políticos de mierda que nos gobiernan. Yo ya no hablo de eso, me da asco. Ojalá un huracán selectivo se llevara a otro confín a todos esos mierdosos y a todos los que hablan de esos mierdosos y no los volviéramos a ver jamás.
Quizá el arte nos salve pero no sabemos ya ni qué cosa es el arte.

miércoles, 6 de febrero de 2013

En la vida, hay veces en que la situación en que vives y tu estado mental no cuadran, no están a gusto la una con el otro. Esta situación de inestabilidad, desenfoque o confusión la he vivido yo varias veces por el hecho de sufrir una enfermedad mental. A veces, es grave el deterioro que se produce cuando uno no encaja bien en la realidad y hace cosas o piensa cosas que le producen daño a uno y no sabe cómo salir de esos pensamientos y le tienen que ayudar a uno con medicación o uno tiene que tener fe en que el paso del tiempo remedie esa locura de uno. Pero mientras está en ese proceso de confusión interna, uno no se da cuenta de la misma pero sufre igual.
Cuando yo me iba dando cuenta de lo mal que me iba como profesor, daba igual que pasara el fin de semana con mi novia en La Granja viendo cosas bonitas porque yo estaba tan deprimido que todo me daba igual y caminaba como un autómata y pensaba siempre el mismo bucle obsesionante y destructivo. Todo era imaginarme ante los alumnos, salirme mal las explicaciones y vuelta a empezar. Así estuve un año en que la realidad en que yo vivía era hostil, laberíntica y deprimente.
No cambiaba la cosa el hecho de que yo pudiera seguir una conversación y dijera alguna cosilla como para distraer la atención sobre mi estado triste y desabrido. Yo sabía que lo estaba pasando mal y que la solución, por aquel entonces, no la alcanzaba. Me sentía incomprendido y solo ante mi problema. Y solo lo logré solucionar casi sin el consejo de nadie. Con la jubilación me liberé de muchas cosas y perdí otras.

Lo que pasa ahora es que cuando veo ciertos semblantes por la calle, me reflejo en ellos y veo en ellos las situaciones por las que pasé yo. Es el gesto que se refleja en algunas caras lo que me lleva a pensar que esa persona está pasando por una situación que la sobrepasa y su estado mental se ve aquejado. Hay algunos que logran disimular tal situación y otros que se hunden en insondables estados de postración.
Lo que quiero decir es que la vida se puede torcer y no dar tiempo a la mente a seguir esa nueva perspectiva que adopta nuestro nuevo modo de vida, quizás diferente o peor de en el que estábamos antes con lo que nuestra mente sufre.
Mientras yo estaba de interino, el oficio de profesor era algo no pensado por mí. Solamente yo lo ejecutaba. Cuando empecé a fallar en mis clases, no paraba de dar vueltas al hecho de ser profesor y concluir a cada paso que estaba lleno de obstáculos insuperables por mí. Pensaba mucho en la burocracia docente, en la gravedad de los exámenes, en la opinión de los padres como impedimentos de mi tarea cuando antes ni se me ocurría pensar en esa gravedad. 
Hay pensamientos altamente incapacitantes cuando uno tiene la mente predispuesta a que todo te resulte difícil o imposible y una situación de optimismo vital derriba muchas trabas a la hora de llevar algo a cabo.
Hace quizás un par de meses, la realidad que yo vivía no encajaba bien o del todo con mi manera de pensar o sentir las cosas. El hecho de escribir yo una novela no lo valoraba, mis amistades no me satisfacían, pensaba que no hacía más que perder el tiempo, deseaba emplearme en algo más útil. No sé. No iba yo con los tiempos en que vivía. El caso es que con la entrevista que tuve con Antonio Salgado, mi antiguo compañero de estudios universitarios, y nuestro intercambio de blogs y las valoraciones que me hizo sobre mi blog, salí de ese bucle de inutilidad en el que lo metía yo todo y vi que alguien valoraba lo que yo hacía y empecé a sentirme bien con lo que hacía. No en vano, la primera utilidad que tiene la literatura es para quien la escribe, que se entretiene. Luego da igual si lo lee alguien o no. El caso es que has formado un mundo circular y con sentido cuando pones el punto final a la historia.
Así que ya he visto yo cómo he salido de una situación en que mi mente distorsionaba una realidad halagüeña para volverla mala y por fin, cuando hago algo, aunque sea despertarme a las once, no tiene ya esa connotación inútil y perezosa que yo antes le daba.




Sonaban cumbias en mis oídos, sonaba Bob Dylan y Eric Clapton. Sonaba Neruda. El vagón iba traqueteando camino de casa. Ya quedaba atrás una maraña de explicaciones ante una pizarra. Ya me había ganado el pan y mi espíritu descansaba. Pero otras veces, cuando estaba empezando en el oficio y los alumnos eran muy malos, la sensación era de desconcierto y confusión pues lo había hecho mal. Había que intentar, al otro día, que me saliera mejor.
Cuantas veces he oído esta advertencia: "debes imponerte" y me ha llenado de rabia oírlo y me ha ha llenado de rabia el que lo ha dicho. Porque yo creía que no debía imponerme a nadie. Yo deseaba explicar y dar ejemplo. Yo no era ninguna autoridad en el aula, como un guardia de la porra; yo era un profesor que tenía unos conocimientos y unas habilidades para dar a conocer esos conocimientos. Lo malo era que a veces la indisciplina cundía entre esos chavales o la hiperactividad o las pocas ganas de hacer algo o la rebeldía de negarse a aprender. Qué sé yo. Lo que quiero decir es que yo no podía imponer nada sino que debía proponer otro comportamiento en ellos, unas ganas de aprender, una utilidad en lo que yo explicaba. Conocía profesores que, ante clases rebeldes, lo que hacían era tenerlos copiando toda la hora. No sé si tenía aquello algún sentido. Creo que a veces, los alumnos no sabían ni lo que copiaban, sólo copiaban. Yo no pretendía eso y mi imaginación daba vueltas y vueltas sobre lo que debía inventar para que la clase aquella aprendiera algo. Y no me inventaba sólo copiar, sino estrategias de aprendizaje que surgían de hablar con la coordinadora, con otros profesores, viendo el comportamiento de los propios alumnos etc. Y al fin yo lograba no imponerme, sino que invitaba al aprendizaje con artimañas que surgían en el vagón, de vuelta a casa.
Tenía ganas de expresarme en este blog sobre una novela de Agustín Fernández Mallo que se llama "Nocilla Lab". Esta novela pertenece a un proyecto llamado precisamente "Proyecto Nocilla" que consta de otras dos novelas. Esta novela la encontré en un kiosko de prensa, en librería de ocasión. Yo leí en una historia de la literatura española una referencia a este proyecto novedoso en el que se incluyen unos escritores y poetas llamados "generación Nocilla". No sé por qué se llamarán así, aunque lo he mirado en internet. Mallo es físico de profesión y me parece un personaje un poco raro.
Pero analizando la novela que leí, "Nocilla Lab", me di cuenta de que el argumento no contaba para nada en esta narración. Se trata de una pareja formada por una mujer y el propio novelista que quieren llevar a cabo un proyecto en un isla de Sicilia.
Mallo se deja llevar en el relato por unas divagaciones en las que mezcla filosofía, explicaciones científicas y el origen y futuro de su proyecto que no tendrá lugar. Todo lo que cuenta para mí no tiene ningún sentido pero sí parece que hay una manera de contar que puede resultar atractiva. Me gustó cuando contaba su experiencia de estudiante en Santiago de Compostela, narración totalmente lineal y coherente pero luego empieza con las divagaciones de la isla en que está con su acompañante y todo se va liando y repitiendo de tal modo que lo que cuenta no es lógico.
Pero esta novela me ha hecho pensar hasta qué punto una dosis de experimentalismo en lo que se narra puede parecer atractivo o disgustar al lector. En "Nocilla Lab" no se cuenta nada, no hay introducción, nudo y desenlace. Sólo se trata de un divagar sobre algunos acontecimientos que se repiten con variaciones.
Pero el resultado no es malo del todo sino que puede interesar a ciertos lectores y hacerles que se hagan preguntas sobre la finalidad de la literatura. Como ha pasado conmigo. Que me he preguntado cómo debe ser una novela para resultar interesante.
Si yo escribiera una novela sobre mis impresiones sobre un tema determinado y no fijara qué está pasando en esa novela, ¿le gustaría al posible lector? ¿una novela es un reflexión sobre vida, muerte, la física, el amor... sin un hilo argumental? Eso es lo que me he planteado al leer esta novela.
Sin embargo, lo que sí me he dado cuenta es que la forma de narrar es buena en esa novela y eso la salva de su falta de lógica argumental.

lunes, 4 de febrero de 2013

Como una botella de vino somos,
nos van escanciando
y servimos de consuelo a borrachos
que no saben apreciarnos.
Al buen catador sin embargo
le parecemos algo
porque nos paladea, nos aprecia; incluso nos ama.
Y luego queda la botella
medio llena.
Aquel esplendor del vino
al que la luz del sol sacaba destellos
queda en unos sorbos últimos
y luego, en los posos de lo que fue la uva:
la vejez aúna lo postrero y lo sabio.
La última copa, el último brindis, el último trago
lo daremos sin querer o queriendo
pero recogiendo en la memoria todo el bien que hemos hecho.
He estado a Córdoba estos tres días de fin de semana por iniciativa de Eva. He montado por primera vez en el AVE, que es muy rápido y eficiente. He visto por segunda vez la Mezquita y me dejó asombrado tal edificio religioso. Pasear por Córdoba, en el plan en el que íbamos, despreocupados y ociosos, ha sido toda una delicia. Lo malo ha sido comer: caro, poco y malo. A veces, ha constituido un timo y un lío el mero acto de alimentarse. He llevado una libreta y he anotado en los ratos libres todo lo que hemos hecho y visto.
Una de las cosas que más me han gustado del viaje ha sido madrugar con un fin claro. He bajado a la estación el viernes pasado y ha sido como revivir los madrugones que me pegaba de profesor. Allí estaban los trabajadores en el andén que luego en el vagón se liaban a leer una novela hasta que llegaban a Atocha, allí estaba la noche que pronto iba a ser mañana, allí estaba el tren que chirriaba cuando frenaba para acoger viajeros, allí estaba, en mis labios, el cigarrito mañanero y el café de la cafetería de la estación, que sientan de miedo. Y allí estaba, como un recuerdo hecho carne, una profesora que estuvo de compañera mía en el instituto "Lázaro Cárdenas" de Villalba y que se hizo amiga de Eva y de mí. Estaba corrigiendo exámenes y dijo que estaba dando clases en un instituto de Coslada. Esta mujer es muy buena persona y nos dio palique hasta que llegó el tren, momento en que se separó de nosotros, quizás para seguir corrigiendo. Me dio su parabién por haberme concedido la administración mi pensión, dijo que en Coslada le estaban dando los alumnos mucha tabarra y que al año siguiente se jubilaba. Habló también de Granada, que lo encontró bonito y nos habló de las tapas generosas que ponen en en los bares de esa ciudad.
En el vagón dediqué 20 minutos a leer el "20 minutos" y llegamos a Atocha. Se me hizo cortísimo el viaje en el AVE. Todo lo demás lo dejé apuntado en una libreta que llevé conmigo.